Recorrer una ciudad abierta de ladrillos, cambiar de disfraz para salvar un obstáculo y luego recoger el enésimo ladrillo dorado: la promesa constante de un nuevo poder o un secreto escondido tras cada esquina empuja a peinar cada calle. Persecuciones, minidesafíos y un porcentaje de completado que sube crean una ronda de pequeñas recompensas continuas. Su tono paródico y un mundo lleno de guiños mantienen la sonrisa y las ganas de ver más. Pero: la recolección total se vuelve repetitiva, y la ausencia de cooperativo a dos limita la diversión compartida en esta versión.
Bajo su pastiche bonachón, la ciudad abierta esconde una manía de coleccionista: ladrillos dorados, superladrillos, vehículos y personajes por desbloquear empedran cada calle de motivos para volver. Cerrada la historia, la exploración libre toma el relevo, hinchada de desafíos y secretos dispersos. Ese 100 % minucioso, mucho más que la trama, es lo que da su duración.