Cuando el juego rompe la cuarta pared
Fiel a su costumbre, el asesino nunca olvida que está dentro de un juego: interpela al jugador, se burla de los códigos del género y convierte menús, guardados e incluso pantallas de transición en terreno para chistes meta. Bajo la sangre y el oropel, esa conciencia permanente del medio, heredada de un autor provocador, hace de cada interrupción una complicidad gozosa con quien sostiene el mando.