Dirigir una secta de día y limpiar mazmorras generadas de noche forma un bucle sorprendentemente fluido. Cosechas, predicas y luchas en incursiones ágiles, vuelves a reclutar fieles, decorar tu guarida y planear la próxima salida. El encanto macabro y colorido desarma al instante, y "solo una cruzada más" te retiene mucho después de lo previsto.
Entre la acción de limpiar mazmorras y el cuidado de una secta que atender, dos bucles se entrelazan y se alimentan entre sí. Vuelves de una cruzada para construir, sermonear y reclutar, y enseguida partes de nuevo a buscar con qué mejorar tu culto. Rituales, decretos y mejoras cosméticas acumulan objetivos cortos que se encadenan. La mezcla sigue siendo sabrosa; ojo, eso sí, con cierto mantenimiento repetitivo de los fieles a la larga.