Revólver en mano, la mirada clavada en la diligencia que pasa, disparas antes incluso de pensarlo: todo depende del reflejo puro. El placer vive en esa tensión de duelo del Oeste, en los escenarios fotorrealistas que desfilan y en el castigo inmediato del tiro fallado. Vuelves para batir tu marca, por la adrenalina del salón, y porque apuntar bien sigue siendo un escalofrío eterno.