El atemporal juego de bloques encuentra en portátil una versión nerviosa, con modos que refrescan la caída clásica sin traicionar su esencia. Deslizar la pieza perfecta y limpiar varias líneas de golpe conserva su poder hipnótico. Inmediato de entender, infinito de dominar, un compañero de bolsillo ideal para evadirse cinco minutos o cinco horas.
Tratar este puzle como una partida rápida sería un error: el flujo infinito de líneas, la velocidad creciente y la búsqueda perpetua de una mejor puntuación convierten cada sesión en un bucle del que no logras soltarte. Vuelves para batir tu propio récord, noche tras noche, sin llegar nunca a un final real. Esa adicción serena, tan propia de Tetris, explica por qué permanece años en el cartucho.