El oleaje es la verdadera estrella: la superficie del agua reacciona sin cesar, levanta la moto acuática y obliga a anticipar cada ola para mantener la línea. Esa física asombrosamente viva brinda una conducción llena de finura, donde el menor traspaso de peso cuenta. Las texturas han palidecido, pero esas sensaciones de deslizamiento, nunca igualadas de veras, siguen siendo un deleite con el mando.
Domar una moto acuática sobre un agua que ondula y responde a cada giro: la modelización de las olas brinda una sensación de pilotaje única, a la vez exigente y embriagadora. Aprender a leer el oleaje y a tomar las boyas se vuelve un placer de dominio. Luminoso, fluido y sorprendentemente técnico, un juego de carreras acuáticas sin equivalente.