Poner la aventura en manos de Zelda lo cambia todo, porque el cetro que copia objetos y enemigos en ecos convierte cada enigma en un campo de pruebas. Apilas camas para trepar, invocas a un monstruo que pelea por ti, improvisas tu propia solución. Esa libertad juguetona, heredada del espíritu de mundo abierto, recorre una fórmula cenital llena de encanto. El ritmo es desigual y algunos puzles flojean, pero la inventiva manda. Reciente, intacto y una puerta de entrada ideal.