Fundar una ciudad, iniciar una investigación y planificar el siguiente turno pone en marcha un engranaje estratégico en el que siempre te prometes «un último turno». Cada descubrimiento abre nuevas unidades, maravillas o vías diplomáticas, y el mapa que se va revelando mantiene una curiosidad constante. Las partidas se alargan muchísimo, pero este ascenso de una civilización conserva una garra temible.
Llevar una civilización de la Antigüedad a la era moderna desata una partida capaz de prolongarse decenas de horas, entre fundar ciudades, el árbol de investigación, la diplomacia y la expansión territorial. Cada decisión engendra otras y ninguna partida se parece a la anterior, lo que empuja a reiniciar una y otra vez con una de las siete civilizaciones. Ese vértigo estratégico de Sid Meier, aquí en Super Famicom, sigue siendo el arquetipo del juego que devora el tiempo.